Objetivamente, es un trozo de tela rectangular con más o menos colorido. En la parte subjetiva, es mucho más que eso: un icono, un símbolo. Una bandera puede tener mucho significado para alguien, arrancar sus sentimientos en según qué momentos o una defensa apasionada si siente que se le ataca.
Para mostrar hasta dónde llega el patriotismo, hay quien decide tatuarse una bandera que le vincule a un país para toda la eternidad. Luciría, por ejemplo, en un terso pecho, siempre ondeante como en el mejor plano de una película.
Por su colorido es un de las opciones que más juego da, además de por su metahistoria. Cada una tiene la suya. ¿Sabías, por ejemplo, que la Dannenbrog es la más antigua del mundo? Casi 800 años lleva siendo la máxima insignia de Dinamarca. ¿O que no todas las banderas del mundo tienen forma rectangular? De hecho, la inmesa mayoría sí la tienen y tres se quedan fueran del grupo: las de Nepal (conformada por dos símbolos rectangulares superpuestos, uno sobre otro), Suiza y Ciudad del Vaticano.
Los colores también son algo a considerar puesto que, en algunos casos, si no se acompañan de símbolo pueden pertenecer hasta a tres países diferentes. Es el caso de Venezuela, Colombia y Ecuador, que no solo se decantaron por una franja amarilla, otra azul y otra roja para su bandera sino que, además, las colocan en la misma posición de forma horizontal.
No solo banderas pueden imprimir sentimientos patrióticos en la piel. ¿Qué me podéis de los emotivos himnos? Su letra puede tener un significado inimaginable para alguien que no forma parte de un país determinado, pero os podéis preguntar ¿tanto como para tatuárselo? Escuchadlo en la final de un Mundial de fútbol o cuando llevéis años fuera del hogar y me contáis luego.
Y no solo banderas o himnos. Una escena de su historia, alguno de sus héroes o heroínas, un animal representativo... La imaginación no encuentra límites. Lo que se pueda pintar en la piel, tampoco.
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